Los felices veinte y los peligros de la idealización del ser amado.

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Nadie ofrece una mirada tan amplia ni tan profunda a la sociedad estadounidense de la exuberante era del jazz como F. Scott Fitzgerald. A través de la historia de Jay Gatsby, narrada por el personaje de Nick Carraway, podemos dar cuenta del decadente estilo de vida de aquellos años, caracterizados por las fiestas, la música envolvente, las “flappers”, y el elegante “gánster americano”, todo lo cual sería eclipsado con el advenimiento de la Crisis del 29, la llamada Gran Depresión. No obstante, también da cuenta de un romance bastante singular, plagado de espejismos, frivolidad y devoción no correspondida.

El relato comienza más o menos así; Jay Gatsby, entonces un joven militar noble pero sin fortuna, se enamora perdidamente de Daisy Buchanan, una chica bella y superficial con la que sostiene un furtivo romance, el cual llega a su fin porque éste no cumple las expectativas sociales y económicas de la familia de Daisy.

Años más tarde, los caminos de Gatsby y Daisy se vuelven a cruzar en Long Island, en la adinerada (y ficticia) East Egg.  Nick Carraway, primo de Daisy y quien funge como narrador de la historia, visita a Daisy y al marido de ésta, Tom Buchanan, un hombre que más allá de la fortuna económica que posee no tiene ningún aspecto amable que resaltar. Nick conoce a Tom desde la estancia de ambos en Yale, y lo describe como un hombre arrogante, tosco, dominante, todo un supremacista blanco de mentalidad cerrada.

Temprano en la trama se revela que Tom tiene una amante en Nueva York, Myrtle Wilson, una mujer voluptuosa y de temperamento firme, casada con un hombre insignificante, George Wilson, el cual por momentos me recuerda al personaje de Amos Hart, del musical Chicago.

En la casa de Daisy y Tom se encuentra también de visita la joven golfista Jordan Baker, amiga de la protagonista, con la que Nick entablará una relación de corta duración. Jordan encarna el estilo, los valores e incluso la estética de las flappers de la época: una mujer independiente, libre, amante de la diversión y de los retos típicos de un mundo antes considerado masculino.

Nick nos deja saber que Gatsby, quien ha hecho una considerable fortuna a través de negocios de dudosa licitud, sigue irremediablemente enamorado de su prima. Éste organiza frecuentemente fiestas espectaculares con la esperanza de que un buen día Daisy acuda a su llamado; y finalmente, con ayuda de Nick, consigue tener una reunión con ella. Tras un inicio desatinado, nuestros protagonistas se ven envueltos en una encendida relación clandestina. 

No sobra decir que el final de esta historia es trepidante y emotivo: hay confrontaciones, verdades que duelen, accidentes fatales, un gran malentendido, más muerte y un cierre triste y reflexivo, todo lo cual dejaré como un incentivo para que quien no haya explorado la obra aún, se decida a recorrer sus páginas.

Independientemente de lo intrigante que resulta la trama, hay dos cosas que destacar: la excelente prosa de Fitzgerald, que por sí sola tocará las fibras más sensibles del corazón más duro; y el arquetipo de amor retratado en la historia común de los protagonistas.

En cuanto a la prosa de Fitzgerald, puedo decir con bastante seguridad que es uno de los libros más ingeniosos y conmovedoramente escritos que he tenido la fortuna de leer dentro de la amplia gama de literatura anglosajona digna de comentar. La manera en que esboza los paisajes, la atmósfera de los escenarios, la manera en que da una voz y una perspectiva particular a cada uno de los personajes, como retrata sus pasiones y anhelos, la despreocupación de los ricos, la devastación del desengaño, la profunda melancolía. El mero hecho de transitar por los versos de Fitzgerald se convierte en un placer estético y emotivo. Para muestra un fragmento, respecto de la primera impresión de Nick Carraway sobre Gatsby:

“Esbozó una sonrisa comprensiva; mucho más que sólo comprensiva.  Era una de aquellas sonrisas excepcionales, que tenía la cualidad de dejarte tranquilo. Sonrisas como esa se las topa uno sólo cuatro o cinco veces en toda la vida, y comprenden, o parecen hacerlo, todo el mundo exterior en un  instante,  para  después  concentrarse  en  ti,  con  un  prejuicio  irresistible  a  tu  favor.  Te mostraba que te entendía hasta el punto en que quedas ser comprendido, creía en ti como a ti te gustaría creer en ti mismo y te aseguraba que se llevaba de ti la impresión precisa que tú, en tu mejor momento, querrías comunicar”.

El autor entra de lleno y sin escalas a una caracterización profunda y hasta poética, del personaje principal. La manera en que lo hace genera empatía instantánea y la impresión de que sin duda alguna, Jay Gatsby es mucho más que un rico misterioso; al momento tiene una cualidad sensiblemente humana. Este rasgo se repite para el resto de los personajes, dándole vida y carácter a sus acciones, sus pensamientos y sus palabras en cada episodio de la historia.

Lo mismo sucede con la descripción de las escenas; la manera casi fílmica en que repasa cada detalle de los lugares, los eventos que se narran en la trama, me parece magistral. La calidad de las narraciones de Fitzgerald, escritas en el tono que lo requiera el cuadro, a veces solemne, a veces orgánico, a veces poético, recuerda un poco la habilidad de autores de la talla del japonés Yukio Mishima.

Ahora bien, en cuanto al segundo punto en relación con el arquetipo amoroso retratado en la obra, vale la pena retomar el debate sobre el final. Si bien no he querido explicitarlo en estas líneas, el grueso de los lectores podría interpretar el destino de Gatsby como una injusticia redonda, o en el mejor de los casos, como una historia de amor simplemente desafortunada.

A decir verdad creo que más allá de lo evidente, este es un título que muestra con claridad cristalina los peligros que subyacen tanto a una relación basada en la costumbre o la conveniencia social o económica, como es el caso de Tom y Daisy; como en una en la que no existen argumentos y contrapesos  claros, que se sostiene en lo que anhelamos que sea una persona en nuestras vidas, más allá de lo que realmente ha sido o podría llegar a ser; en ese sentido, tampoco es amor lo qué hay entre Gatsby y Daisy, es una fascinación, la materialización de un sueño en forma de mujer.

El desenlace es la consecuencia natural de una obsesión que socava la estabilidad y el amor propio de quien vuelca su corazón en ella. Es en extremo triste lo que sucede con el protagonista, pero al mismo tiempo nos enseña que enamorarse de un espejismo, de una ilusión alimentada unilateralmente, solo se traduce en una receta perfecta para el desastre. Nick Carraway lo resume de manera efectiva en el siguiente fragmento:

“Y mientras cavilaba sobre el viejo y, desconocido mundo, pensé en el asombro de Gatsby al observar por  primera  vez  la  luz  verde  al  final  del  muelle  de  Daisy.  Había recorrido  un  largo  camino  antes  de, llegar  a  su prado  azul,  y  su sueño  debió  haberle  parecido  tan  cercano  que  habría  sido  imposible  no apresarlo.  No se había  dado  cuenta  de  que  ya  se  encontraba  más  allá  de  él,  en  algún  lugar  allende  la vasta penumbra de la ciudad, donde los oscuros campos de la república  se extendían  bajo la noche.”

Pareciera que Fitzgerald escribió su obra pensando en el escenario romántico del siglo XXI, demostrando con ello que nuestra comprensión del amor sigue padeciendo de filtros engañosos y a veces mortales, casi un siglo después de su escritura. Gatsby nos enseña entonces, los peligros de idealizar a un ser amado.